¿Un turismo consciente y regenerativo es posible?

09.12.2025

Desde la dificultad de viajar en un mundo desigual hasta la oportunidad de aprendizajes interculturales.

Opinión - Jakob Sußmann

Hace casi ocho años salí de mi casa, solo con una mochila, para, por primera vez, viajar completamente solo. Era algo que en este tiempo me causaba mucha emoción; no sabía qué va a pasar, quién voy a conocer o, estando solo, si generalmente sería capaz de conocer otras personas. Para mí fue un paso para enfrentarme a mí mismo y a lo desconocido. Lo que seguía era un tiempo que jamás voy a olvidar: conocía mucha gente de diversas naciones y me exigía comunicar en otros idiomas. Al final, esa experiencia me posibilitaba después tomar decisiones de vivir en lo extranjero, de estudiar en otros y muy diferentes países y de vincular mis estudios sobre la interculturalidad con las experiencias adecuadas.

También me hizo enterarme de una contradicción de nuestros tiempos: por un lado, aprendí mucho al convivir con personas en muy diferentes partes del mundo, por ejemplo, conociendo la diversidad cultural y los contrastes de la vida en México. Por otro lado, con cada viaje me daba más cuenta de la destrucción y explotación que está causando el turismo y en lo que yo estaba participando. Mientras la vida diaria y el necesario consumo de productos ya nos conectan a un sistema global en que el dinero muchas veces vale más que la vida, en las actividades turísticas esa dinámica aún se aumenta. Mientras entramos en las crisis graves de nuestros tiempos, como el cambio climático y la pérdida de biodiversidad, vinculado con la explotación del trabajo humano, el turismo a nivel global cada año está creciendo, causando más daño. Cada vez hay más gente que se mueve a otros lugares para buscar un mejor clima, entretenimiento, lo exótico o un lugar que se hizo famoso en las redes sociales. Y aunque hoy más gente tiene acceso al turismo, el viaje por diversión sigue marcando una desigualdad económica profunda. En muchas zonas que yo conocí en México, poca gente tiene la posibilidad de salir y viajar nomás por su gusto. Mientras viajo, casi siempre me encuentro en una relación de poder en que yo soy la persona con los recursos suficientes para estar en lugares con gente que no tiene este privilegio o, más bien, depende económicamente de turistas como yo como consumidores.

Así, tanto en su forma simbólica como en su base materialista, este turismo común es una forma de consumismo total. Viajamos con la ayuda de transportes que contaminan los paisajes que queremos apreciar; apreciamos a través de una anexión de lo que vemos con nuestras cámaras para obtener la mercancía de haber estado en un lugar, y al mismo tiempo solo tocamos la superficie de los territorios y sus habitantes, a los que muchas veces inscribimos en un estatus de objeto de deseo. Esa relación con el ámbito al que viajamos muchas veces nos aleja de los lugares en vez de estar ahí. Al mismo tiempo, esas relaciones también cambian el territorio y sus habitantes a formas más aptas para el consumo.

También las formas del turismo "alternativo", como andar con mochila y quedarse en hostales, ya están muy comercializadas. Solo se vende como experiencia alternativa, mientras uno sigue siguiendo la misma ruta e infraestructura que miles tomaron antes. Pero esa forma consumista de viajar, de hecho, es algo relativamente nuevo en la historia humana, que no empezó a crecer en forma rápida hasta los años cincuenta del siglo XX.

Aunque difícilmente podemos huir completamente de estas formas de convivir mientras viajamos, con la ayuda de un posicionamiento intercultural es posible pensar y actuar desde otros paradigmas. La interculturalidad no solo implica una autocrítica profunda a las formas de la relación del individuo con la sociedad, sino que también exige la empatía de estar abierto a otras formas de ser y estar, tomando en cuenta las contradicciones de un mundo globalizado. De ahí en adelante, propongo tres ideas de una práctica alternativa e intercultural que se podría adaptar para cambiar el turismo. 

  1. Viajar en un mundo de contradicciones

Para comenzar, el viaje con un enfoque intercultural nos exige estar conscientes de las problemáticas que pueden acompañar nuestros movimientos. Primero, eso significa que nos preguntamos por la razón de un viaje. Inconscientemente, viajamos y turisteamos por las matrices culturales que nos deja la sociedad, es decir, los valores, creencias y normas que reproducimos en conjunto. Solo si cuestionamos la matriz cultural de la que somos parte, podemos cambiar la forma de hacer turismo. ¿Realmente queremos visitar París porque nos interesa la historia o arquitectura de la ciudad o solo porque el lugar es romantizado por miles de productos de la industria cultural? Eso no significa que solo deberíamos viajar para un gusto intelectual. Esta misma forma del viaje de las clases intelectuales es parte del mismo problema; solo se vende con diferente etiqueta, como "turismo cultural" o incluso como "turismo sostenible". Significa ver profundamente qué es lo que queremos obtener en un viaje turístico. Tal vez ya sea suficiente solamente salir de la ciudad e ir a un lugar más tranquilo. ¿Realmente tenemos que trasladarnos miles de kilómetros para encontrar el perfecto lugar? Tal vez la belleza del planeta no solo está en los otros países, sino que se encuentra en la misma comunidad en que vivimos. Al fin, siempre nos deberíamos preguntar: ¿Para qué viajamos?


2.  Viajar más tranquilo y lento.

Como símbolo de estatus, muchas veces viajamos de lugar a lugar, tomando miles de fotos y marcando todos los sitios visitados en nuestro mapa. ¿Pero realmente estuvimos ahí cuando pasamos esos lugares? Para conocer un lugar desde un enfoque intercultural se necesita más tiempo. Para entender las costumbres, tradiciones o la flora y fauna de una ciudad, región o de un país, tenemos que prestar nuestro tiempo y atención. Solo así podemos ver lo que yace atrás de los productos y servicios que se venden o atrás de las descripciones superficiales de los museos y guías. Encontramos entonces que entramos a un lugar y estamos ahí, como parte de su relación social, no solo como visitante que está pasando un escenario. Eso puede ser realmente difícil en un tiempo en que cada vez las cosas pasan más rápido. Deberíamos desconectarnos de la cultura que se reproduce dentro de las infraestructuras digitales y de transporte para conectarnos con espacios más pequeños y lentos. El viaje de placer es muy rápido. ¿No podríamos hacerlo más despacio? Tal vez no es la cantidad del tiempo que pasamos viajando, sino más bien cómo usamos este tiempo. ¿Si tomamos el tiempo para conocer mejor solamente un otro lugar o camino, eso puede cambiar la relación que tenemos con lo mismo?


3. Crear nuevos espacios como viajeros.

Lo que vale la pena en este contexto es volver. Cuando volvemos a un lugar, ya no solamente somos turistas que vinieron por un anuncio, pero tenemos una razón personal que nos relaciona con este lugar. Si logramos crear esa conexión con un lugar, tal vez incluso lo podemos cambiar. En cuanto conocimos mejor a sus habitantes, humanos y otros seres, nos vinculamos de una manera intercultural. Es decir que ya no solo extraemos cosas como conocimiento, fotos o el derecho de decir que estuvimos por tal lugar, sino que también nutramos las relaciones que hemos establecido. Ya no somos extranjeros o turistas, sino habitantes de varios lugares en un mismo planeta.

Al final nunca vi otra vez a las personas que conocía en mi primer viaje mochilero. Lo que al fin me marcaba más fue una estancia larga en México. Vivir y viajar en este país me posibilitaba conocer comunidades diferentes, y algunas ya visitaba otra vez. Y cuando regresaba a mi país, Alemania, podía valorar mejor los lugares y las relaciones que tengo allí. En un mundo que cada vez se rodea más rápido y más imprevisible, yo cada vez intento tomar el tiempo necesario para estar: estar más consciente con quién estoy, reconocer cómo me hace sentir la relación con la zona en que estoy, y preguntándome si tal vez luego, este lugar podría ser un lugar para quedarse. 

Si compartes nuestra visión y crees que el turismo puede ser una herramienta de regeneración y transformación, te invitamos a conocernos, colaborar o sumarte a nuestras iniciativas.
El cambio es urgente, y solo lo lograremos trabajando juntos, desde la raíz y con propósito.

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